EL CULTO AL ÁRBOL EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Pese a que siempre he oído decir que el Árbol de Navidad no es una tradición de Iberia, porque aquí lo tradicional es el pesebre y los Reyes Magos, los rituales del árbol son las costumbres más antiguas que nuestra tierra conserva como rituales del solsticio de invierno. No en vano la península ibérica estaba llena de árboles al punto tal que, como decían los romanos, una ardilla podía cruzarla de sur a norte saltando de copa en copa. 

El Árbol del solsticio de invierno o Árbol de luz, está profundamente vinculado al Árbol de mayo. En el solsticio de invierno la tierra está dormida y, en consecuencia, el árbol también lo está. Los ritos del Árbol del solsticio son una manera de propiciar el despertar de la tierra, asegurando así que pueda lucir sus galas en el futuro Árbol de mayo. Por ello los ritos de diciembre están vinculados a los de mayo y son parte de una misma celebración anual del culto arbóreo, crucial para nuestros ancestros.

En nuestra tradición ancestral existió un importante culto al árbol, que formaba parte de lo que se ha llamado una cultura del árbol, muy relevante en nuestra tierra ampliamente poblada de bosques.

Nos dan noticia de ello el hecho de que nuestro pueblo realizara bajo ciertos árboles sus bodas, se reuniera bajo sus ramas para llegar a acuerdos y sellar pactos, celebrara sus fiestas con danzas en torno al árbol, y utilizara sus troncos, ramas, hojas, frutos y semillas con diversos fines ceremoniales, protectores o medicinales. El árbol de Guernica, roble bajo el cual los reyes juraban los fueros de Vizcaya, es el más conocido de los llamados “árboles junteros” o “árboles consejeros” que aún quedan en nuestra tierra, y que conservan costumbres que fueron comunes a toda la península. Otros de ellos aún vigentes son el árbol de Arechabalaga (en la entrada del Señorío de Vizcaya), el árbol de Larrazabal (Valle de Orozko); el árbol de Barajen (Valle de Aramayona); el árbol de Sagastiguren (al pie del mismo se celebraban las Juntas de la Merindad de Marquina); el nogal de Licharre (donde se celebran las Cortes), o el roble de Ustariz, en Iparralde.

El culto al árbol fue común a toda Europa de norte a sur y de oeste a este desde tiempos inmemoriales, ya que su raigambre es paleolítica. No es verdad, como mucha gente dice, que las tradiciones del árbol fueran foráneas en la península ibérica, sino al contrario: fue la propia de nuestros más remotos habitantes y, por ello, el árbol frecuentemente se halla presente en nuestras pinturas rupestres. 

A comienzos del siglo IV la Iglesia comenzó a prohibir el culto al árbol. Una curiosa información relata que en el siglo VI el obispo portugués Martín de Braga, en sus andanzas por Galicia, intentó convencer una y otra vez a las gentes de que los árboles, las fuentes y las piedras no hablaban. Esta referencia nos da la información de que nuestro pueblo tenía por costumbre hablar con piedras, fuentes y árboles, costumbre que perduró en el País Vasco hasta comienzos del siglo XX donde los leñadores, antes de cortar un árbol, le decían en euskera «Guk botako zaitugu eta barkatu gaitzazu», que significa “nosotros te derribaremos, perdónanos”. La historia de Martín de Braga tiene un final bastante cómico: no pudiendo el obispo convencer a nadie de que los árboles, las fuentes y las piedras no hablaban; intentó dejar claro que, en caso de que hablaran, sólo lo hacían en “cristiano”.

Tenemos noticia de la existencia de “árboles sagrados” porque la Iglesia Católica los denominaba literalmente con esas palabras en las repetidas prohibiciones referidas a su culto decretadas en sucesivos concilios en los que, a la vez, expresaban el horror que la iglesia tenía al culto al árbol, al que consideraba demoníaco. 

Si no eran obedecidas, estas prohibiciones significaban para las personas graves castigos. La gente pudiente se veía obligada a pagar una multa y podía ser excomulgada y desterrada, lo cual tenía terribles consecuencias sociales ya que perdían todas sus propiedades a manos de la iglesia. A la gente humilde se la azotaba desnuda en la plaza pública, les requisaban las herramientas y los animales de trabajo y la entregaban como esclava a la Iglesia. En el caso de que fueran reincidentes o descubiertos “con las manos en la masa”, eran rasurados en la plaza pública y condenados a muerte. Muy importante debería ser este culto para que se implantaran tan tremendos castigos, sostenidos a lo largo de más de mil años, ya que sus primeras referencias escritas datan del siglo IV, y se alargan hasta bien entrado el siglo XVIII. 

Obispos, presbíteros, jueces y nobles debían realizar un control anual de sus territorios para saber si el culto al árbol seguía vivo. En el caso de que tuvieran conocimiento de estas prácticas, y no las castigaran según las reglas de la Iglesia, ellos mismos eran excomulgados, maldecidos y desterrados, y la iglesia se quedaba con sus bienes. 

A pesar de estos peligros la gente seguía venerando los árboles hasta tal punto que, cuando éstos eran talados por la iglesia, el pueblo se negaba a llevarse la madera para quemarla en sus hogares, hechos de los que se lamentan los autores de algunos edictos eclesiásticos. 

La erradicación de este culto también implementó la destrucción de los árboles y bosques sagrados. Donde los detectaban, corrían los monjes hacha en mano a cortarlos. Cuando, ya a partir del siglo XI, se construyeron las grandes catedrales, algunas fueron realizadas en esos mismos bosques, que fueron talados con el fin de usar su madera en los andamios necesarios para construir el templo, como sucedió en Chartres, edificado sobre un bosque sagrado druida. 

Finalmente, como a pesar de tanta salvajada no lograron erradicar el culto al árbol, lo cristianizaron con el “descubrimiento” de vírgenes en sus ramas, o creando púlpitos en el mismo árbol para que desde allí el cura diera su sermón, o poniendo en su tronco un altar para exponer allí una cruz o el sagrario en determinadas fiestas, o construyendo allí mismo una ermita. 

Así la supervivencia del culto al árbol, mermada y privada de su sentido original, puede encontrarse actualmente en el culto a ciertas Vírgenes Negras que fueron halladas en antiguos árboles sagrados. Y también en los cuentos de hadas que transcurren en los bosques y son herencia de las antiguas leyendas de Europa. Este culto de origen paleolítico llega vivo a nosotros muy especialmente a través de los usos rituales del árbol del solsticio-Navidad.

Escrito de Marianna Garcia Legar 

EXTRACTO DEL LIBRO: «Fiestas de la Tierra y espiritualidad matrística en la Península Ibérica: http://libroruedadeizpania.blogspot.com 

Fuente: https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=pfbid0WQwRqxUSRYV4EYH2tLHKohNUY4fMq62JvqNhMKp8fVR2cW2yA28Vir2z5uRXB7ipl&id=100009407299054

Anuncio publicitario

2 comentarios

  1. hochuen · enero 6

    Maravilloso! Gracias por este profundo recuerdo que vive en nuestros óseos y corazón. Desde siempre el pueblo de los Árboles es
    primer Amigo y si ! El habla

    Me gusta

  2. hochuen · enero 6

    El habla y vibra sin alguna palabra pero con tan fuerza, Sabiduría .El transmite Compasión del Saber de aquello quien ha visto y vivido tan eventos de la historia de la Vida propia de nuestra Tierra y todas criaturas suyas…Por El Amor y Reconocimiento dedicado Al Pueblo y la Gente de Los Árboles.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.